3 de noviembre de 2013
al agua patos!
Ya comenzó el mal tiempo en Alemania. Se acabaron los días al aire libre: las tardes en el parque, los chapuzones en el lago y los paseos en bicicletas. Ahora comienza a trabajar la imaginación de muchos padres... y es que no es nada fácil entretener a los peques por estas fechas.
Justamente este sábado estaba yo en unos de esos terribles momentos en los que uno no sabe qué hacer con ellos, si tirarse por la ventana o salir corriendo. Pero como un rayo de luz en la oscuridad apareció la maravillosa idea de irnos a la piscina. Así es que agarramos nuestros bolsos -con los lentes de agua, que no pueden faltar por supuesto- y nos fuimos al "Alte Halle" en la Krummerstr.
Hace tiempo que no íbamos allí, pero de verdad fue toda una sorpresa. La piscina de niños está renovada. La han forrado de una lamina de aluminio que la hace ver super moderna y muy bonita. Esta abierta desde las 8 de la mañana hasta las 10 de la noche, pero cuidado que las dos últimas horas están reservadas para el FKK. La temperatura del agua es de 29 grados y se siente muy bien. Los adultos pagan 4,50 y los niños 2,80 euros por todo el día o hasta que los dedos comiencen a arrugarse y los labios se pongan morados. De verdad la recomiendo!
27 de octubre de 2013
Halloween
Cada año se hace más popular en Alemania –y en el
mundo- la fiesta de Halloween. Algunos dicen que fue importada a mediados de
los años noventa de los Estados Unidos. Sin embargo, el origen del día de
brujas parece estar más relacionado con este país que con el gigante del norte.
Cuenta la historia que "aproximadamente trescientos años antes del nacimiento de Cristo, los
Celtas vivieron en las Islas Británicas, Escandinavia, y Europa Occidental. Era
una sociedad como cualquiera de las de hoy, pero sus usos y costumbres fueron
controlados por sacerdotes paganos llamada los druidas. Ellos
adoraban y servían a Samhain, dios de la muerte. Cada año, el 31 de octubre,
los druidas celebraban la víspera del año nuevo céltico en honor de su dios
Samhain. Creían que esa noche los espíritus de los muertos regresaban a sus
antiguos hogares para visitar a los vivos. Y si los vivos no proveían comida a
esos espíritus malignos, toda clase de cosas terribles podrían ocurrirles. Si
los espíritus malignos no recibían un festín (treat), entonces ellos harían
travesuras malas a los vivos (trick)".
De ahí viene la costumbre de disfrazarse de esqueletos o
brujas este día e ir casa por casa pidiendo golosinas. El famoso Trick or Treat. Estados Unidos impuso la fiesta: el 31 de octubre se celebra en todo el país Halloween.
Una palabra que viene a ser una derivación de la expresión inglesa All
Hallow's Eve (Víspera del Día de los Santos). Ahora es parte de otros países
anglosajones, como Canadá, Irlanda y el Reino
Unido.
El 31 de octubre, los
alemanes también se unen a la fiesta de brujas. Es una fiesta
pagana, que por lo general, no celebran ni en las kitas ni en las escuelas
públicas. Los niños se disfrazan por la tarde, pasean por las calles de su
barrio y piden dulces a los vecinos.
Muchas familias preparan
la famosa calabaza. Y es que –casualidad o no- en octubre comienza la epóca de
las calabazas y todos los supermercados o mercados al aire libre las
venden. Le hacen caritas y las alumbran por dentro con velas.
Hay que estar preparados para ese día. Comprar chocolates, gomitas de osos, y caramelos. Debo decir que en los diez años que llevo en Alemania, sólo una vez me han tocado a la puerta. Y jamás hemos salido nosotros por la noche a tocar en otra casa. No lo celebramos, ni hacemos la calabaza. Pero a Lucas le divierte disfrazarse.
Lucas y su primer examen
Esta semana Lucas me dio una de las sorpresas más bonitas de mi vida. Trajo a casa su primer examen de la escuela. Un test de matemáticas perfecto para un niño de 6 años. Sin tachaduras, ni borrones y con el mejor de los resultados: 33 sobre 33 puntos!
Yo quedé impresionada con el sudoku, pero a él lo que más le llenó de orgullo fue haber pintado las figuras geométricas sin salirse de la raya.
La prueba refleja sin dudas el aprendizaje que ha tenido en la escuela, pero también el trabajo que mi esposo y yo hemos hecho. Regularmente nos sentamos con Lucas a practicar los números, a leer, a hacer planas y a dibujar. A veces no tiene muchas ganas, pero intentamos motivarlo para que lo haga con gusto. Estamos convencidos de que el trabajo de las maestras tiene que reforzarse en casa. Y este examen nos demuestra que lo estamos haciendo bien.
Me siento tan orgullosa que quiero compartir con todos este regalo!
16 de octubre de 2013
Disciplina
El otro día mi esposo estaba
molesto porque según él, es el único que pone disciplina en casa. Decía que
estaba cansado de ser el malo, el que da órdenes y regaña si no se cumplen; y
que yo sólo consentía y permitía. A mi me parecía que exageraba un poco y por
supuesto se lo hice saber. Terminamos peleando. El aconsejándome que me
observara y tratara de cambiar y yo diciéndole que estaba loco, que cómo se le
ocurría decir eso, que yo también soy una madre de reglas y disciplina.
Pasaron unos días de eso y ya la
pelea estaba olvidada, por lo menos de mi parte. Un día mi esposo tuvo que
viajar y yo me quedé sola con Lucas. Cuando eso pasa debo dividirme entre la
mujer periodista que trabaja 9 horas fuera de casa, la señora que ayuda con la
limpieza y lava la ropa al llegar, la cocinera que por más que se esfuerce
prepara una comida rarísima con algo verde que en la tienda llaman pimentón,
y que al niño le parece lo peor del mundo, la nani que viene por las noches
y lo ayuda a bañar, a vestir, a leer un cuento, y, finalmente, la madre que le
dedica tiempo, le da amor, lo estimula a comer, le inventa historias para que no se aburra
y por supuesto, imparte disciplina. Nada fácil, como ustedes comprenderán.
Debo confesar que en esos días
-normales para muchas mamás- las tareas domésticas me abruman. Estaba yo en uno
de esos momentos, recogiendo la mesa después de la cena y mandando a Lucas a
cepillarse y a lavarse las manos. Lo de costumbre. Tareas que uno tiene que
repetir una y mil veces para que se cumplan. Yo mandaba y Lucas se negaba, como
si jugaramos al "teatro de las reglas" y cada quien conociera muy
bien su papel. "Pero mamá,
¿por qué tengo que cepillarme los dientes?… ¿por qué es tan importante?… ¿y si
lo dejamos para otro día?… mamá, no quiero cepillarme los dientes… hoy no por
favor… ayer ya lo hice… ¿por qué tengo que cepillarme los dientes
siempre?". Yo contestaba desde la cocina, explicando y recogiendo vasos,
poniendo el lavaplatos a funcionar, recogiendo los juguetes del pasillo. Hasta
que me cansé y dije molesta: "sabes qué, si no quieres cepillarte los
dientes no lo hagas. Te cepillas mañana y ya. Por un día que no te cepilles, no
pasará nada".
Hubo un silencio en toda la casa.
Durante varios minutos no se oyó ni un respiro. Hasta que de pronto, Lucas vino adonde yo estaba y me miró con sus grandes ojos negros, más negros y más grandes que nunca. ¿Qué has
dicho mamá? ¿Qué no me cepille los dientes? ¿Tú quieres qué me salgan caries?
¿Quieres qué me lleven al médico de dientes y me pongan una inyección en la boca? Ah,
dime ¿Eso es lo que tú quieres? Pues ahora mismo voy y me cepillo los dientes.
Me quedé loca. Me senté en la
mesa con la mano puesta en la barbilla y por más que lo intentaba, no podía
salir de mi asombro. Entonces recordé a mi esposo cuando me decía que yo no
ponía orden ni disciplina, que era una mamá demasiado complaciente y
consentidora.
13 de octubre de 2013
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